Jordana la Bella

Hace ya tiempo, vivió en Badajoz una bella aristócrata, la joven huérfana, era una mujer de cuidado y pulcro refinamiento, que a su paso aromatizaba las calles de la capital pacense con antiguos ungüentos orientales, su nombre era Jordana.

Cierto día, llegó a Badajoz el rey de Portugal acompañado de un selecto sequito, entre su escolta se encontraba Joan Franco, el caballero preferido del monarca, un hombre rico, apuesto y arrogante de gentil mirada. Entre la multitud que se encontraba esperando al rey se encontraba la bella Jordana, con quien Joan Franco a su paso cruzó una cálida mirada. De vuelta a casa, a la altura del puente que cruza el Guadiana, Jordana se topó con un misterioso personaje que desde el primer momento le llamó poderosamente la atención, era un hombre maduro, de tez oscura, ojos negros, mirada fría y larga barba, tenía aspecto de judío. Al pasar Jordana por delante de él éste clavó sus ojos en ella, sintiéndose atravesada por una mirada siniestra y escalofriante.

Al día siguiente, Joan Franco envió una misiva a Jordana con la petición de verla en palacio, a lo que ella accedió, cortés y aristócrata se presentó vestida de se­das y adornada con sus mejores joyas. El ambiente no pudo ser más refinado, su presencia fue objeto de comentarios de envidia y admiración ya que ninguna mujer de las presentes desprendía tan sutil elegancia. La visita fue corta y respetuosa. Aunque el caballero lusitano la recibió cortésmente, la joven no cedió a sus pretensiones amorosas y abandonó muy pronto el lugar. Pero Joan juró que aquella doncella sería suya.

Algunos días después Badajoz amaneció consternado, Joan Franco apareció muerto junto a unos árboles que vigilaban los to­rreones de la alcazaba, tenía su corazón atravesado por un cuchillo. Todo Badajoz hablaba de un lance amoroso con un pretendiente español, que también aspiraba a los favores de Jordana, llamado Gonzalo Bejarano.

Jordana acudió vestida de luto a rendir tributo al caballero portugués que tan intensamente la había admirado. Al volver del velatorio, justo cuando iba a cruzar la calle donde se encontraba su palacio, se volvió a encontrar con el hombre misterioso con el que se cruzó en el puente del Gua­diana. En esta ocasión, de nuevo, y sin cruzar una palabra Jordana se volvió a sentir humillada por la mirada perversa de aquel hombre misterioso.

Pasado el tiempo, cuando el crimen de Joan se iba olvidando, se encontró el cadáver de su otro pretendiente, Gonzalo Bejarano, flotando en las mansas aguas del río Guadiana, justo en el lu­gar donde se despide de España para entrar en Portugal. Su cuerpo no mostraba signos de violencia.

Jornada, destrozada, lloraba amargamente intentando buscar explicaciones a unos acontecimientos que no alcanzaba a entender. Sus dos pretendientes habían muerto en un breve periodo de tiempo por causas desconocidas. Sin dejar de llorar, inmediatamente le vino a la mente aquel hombre misterioso que hasta en dos ocasiones la había obsequiado con sendas miradas oscuras y crueles.

Sin poder demostrar nada sobre aquel hombre, unos meses más tarde, cuando nadie lo esperaba, un día géli­do del frío invierno Jordana abandonó su palacio y su ciudad. Se marchó en la más absoluta miseria, sola, vestida con harapos y con sus ojos llenos de lágrimas. Badajoz vibró nuevamente por la noticia de la partida de la joven aristócrata. Un tiempo después se enteró que aquel personaje de la barba negra y semblante oriental fue el que realizó la subasta de su cuantiosa fortuna.

Unos años más tarde, al ocaso de un día de primavera, en la mansión que un día perteneció a Jordana, y que fue adquirida por los Lopes de Mendoza, sonaban dulces acordes musicales. Una mendiga de semblante encorvado y pasos desiguales se detuvo a escuchar la música y a oler las azucenas blancas del palacio. Al caer la noche llenando la luna nueva la calleja de paz y pureza, el sueño comenzó a apoderarse lentamente de ella, A la mañana siguiente, cuando Lopes de Mendoza salió de palacio, se encontró a una mendiga “durmiendo” en la puerta de su casa, al querer despertarla se dio cuenta de que ya era tarde: Jordana esta muerta.

Fuente: Leyendas Extremeñas / José Sendín
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